«Desde niño —por razones ociosas que no evocaré— desenvolví muchos caminos… como son los caminos cuando se les recorre a pie y con escaso caudal de años y dinero. En los ranchos campesinos, o en las noches que siguen a las doradas cosechas del trigo, muchos relatos llegaron hasta mis oídos. Eran relatos enredados como las hierbas bravas que cubren los caminos incultos que de uso continuo no son, pero que me parecieron y me parecen hermosos […]. «Creía a pie juntillas que estas cosas existían. Reyes ceñudos con altas coronas de metal y grandes alfanjes. Princesas, “la cosa más linda”, que casaban con quienquiera que fuese si era capaz de resolver un enigma, labor en la que habían fracasado príncipes y sabios que, en la justa, debieron dejar sus cabezas […]. Princesas pelo de oro; niñas que cuando lloraban escudos de oro vertían en vez de lágrimas; tenebrosos encantadores, horribles viejas brujas, jóvenes héroes… Supe —siendo más crecido— que esos relatos no pasaban de ser mentiras, pero en ellos sigo creyendo».