La única brisa de un día de verano acaricia las mechas tiesas de quién habla y se abre a la transición de las estaciones más luminosas del año. El hablante se deja tocar por una forma de luz que moldea sus pensamientos y un modo de contemplar. En los veintiséis poemas de este libro recorremos junto a él piscinas municipales, océaños, aguas negras y personales. Consejos recibidos de la madre y los amigos, aprendizajes que surgen de la práctica de las artes marciales donde los maestros, y los maestros de los maestros, se reconocen cómo aprendices y podemos escucharlos. La pulsión del verano se presenta cómo un tránsito o una espera hacia un lugar desconocido pero prometedor: "Que la culpa / aparezca de nuevo en forma / de agua. Lávate conmigo / las manos. Que las gotas frías / nos besen el cuello al salir / de la piscina".