Después de casi dos años viviendo en Antofagasta, este niño no se olvida de sus días en la pampa, en la pequeña oficina en la que se crió sano y agreste como un zorro. Pese a que en la ciudad ha descubierto cosas que lo han deslumbrado -el cine, el rock and roll, añora aquellas tardes infinitas persiguiendo remolinos de arena por las llanuras del salitre. Sus padres, evangélicos estrictos en cuanto a sus cánones doctrinarios, le inculcaron que el cine era una de las cosas mundanales de las que el credo abominaba.